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Las metas e intenciones supuestamente determinan lo
demás, y vale la pena preguntarse qué objetivos perseguimos: a qué metas se orientan los ejecutivos y directivos de las empresas.
Busqué, en la prensaeconómica y revistas especializadas, declaraciones de directivos de una
industria milenaria, la del vino, que me atrae especialmente porque la considero
bastante autotélica, es decir, llena de empresarios amantes de sus caldos,
orgullosos de sus productos, que encuentran satisfacción en la actividad
profesional misma.
Hay, más allá de las actividades docentes,
artísticas o deportivas, otros sectores económicos con perfiles similares
—llenos de vocación, de apego a la actividad misma—, pero permítanme elegir
éste.
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Conservo algún material, pero sólo recordaré, como ejemplo, declaraciones
de un conocido bodeguero de Rioja que hace 30 años se propuso aumentar su
producción y difundir su mejor vino por el mundo:“Para lograrlo fue precisoponer en marcha un plan bien meditado a 10 años vista. Era obvio —decía Don
Julio Faustino Martínez en la revista Vino y Gastronomía— que el
objetivo básico y primordial era conseguir un terreno de excepcional calidad,
para plantar las mejores variedades de vino de La Rioja... Tuvimos" w:st="on">La Rioja... Tuvimos>
que despedregar todo el terreno... Finalmente hubo que drenar, estercolar y
desinfectar el suelo en varias parcelas y hacer una buena labor de
desfonde...”.
Don Julio parecía mostrarse orgulloso no
sólo de haber alcanzado exitosamente su objetivo, sino del trabajo realizado
para ello; no hablaba de resultados económicos sino de logros profesionales, y
esto parece lo más frecuente en el sector vitivinícola, no solamente en España.
Pero incluso en la prensa económica, se pueden encontrar declaraciones en esta
dirección vocacional, de ofrecer satisfacción a las expectativas de
consumidores. En El País-Negocios, por poner uno entre muchos ejemplos
posibles, aparecía un texto en 2006 sobre las Bodegas López Hermanos (las del Málaga
Virgen). Podíamos leer: “Más de 120 años de una historia difícil y
apasionante”, “La bodega apuesta por primera vez en su historia por un vino
tinto (Pernales), elaborado a partir de la variedad Syrah”, “...cuatro
variedades exclusivamente: Pedro Ximénez, Chardonnay, Moscatel y Syrah”, “...el
celebérrimo Málaga Virgen o la Quina San la
Quina San Clemente, indicada en aquellos tiempos para abrir
el apetito de los niños”.
Sin embargo, también encontré reportajes y
declaraciones (año 2004) de ejecutivos de unas conocidas bodegas (Bodegas
Vinartis, con vinos de mesa como Cumbres de Gredos y otros de alta calidad como
Pata Negra), que me resultaron inusuales: “El vino español tiene un problema de
competitividad en el exterior: las Denominaciones de Origen” (Expansión,
en junio); “El objetivo es incrementar las ventas en 2004 y obtener un ebitda
de 15 millones, un 17,1% más” (Expansión, en junio); “El ebitda estimado
para 2004 asciende a 14,5 millones, lo que supone una subida del 20,8%” (Cinco
Días, en diciembre); “Cumbres de Gredos prepara su desembarco en la
denominación Rioja” (Estrategia empresarial, en diciembre); “El año que
viene nos reforzaremos con la compra de bodegas en Rioja y Ribera del Duero” (Expansión,
en junio); “Cumbres de Gredos prepara su desembarco en el mercado de EEUU” (Cinco
Días, en diciembre).
Se trataba del sector del vino, pero las
intenciones parecían distintas. En efecto, Bodegas Vinartis (antes Cosecheros
Abastecedores) estuvo presidida en el periodo 2003-2007 por Miguel Canalejo,
procedente del sector de la Telecomunicación" w:st="on">la
Telecomunicación>, al que ha vuelto recientemente (ahora
preside Redtel) tras la venta de estas bodegas a menor precio del que se pagó
por ellas. Curiosamente, no por estar más atentos a los resultados económicos,
se alcanza siempre el éxito deseado.
Hay en efecto empresarios, directivos y
profesionales que intentan alcanzar la mayor calidad y competitividad de sus
productos o servicios (ganando dinero como consecuencia), y otros que se
orientan sobre todo a los parámetros financieros, es decir, a generar
beneficios con la actividad profesional, vivida ésta como medio; ello con todas
las posibilidades intermedias y sin menoscabo de la legitimidad. No obstante,
aunque las declaraciones de los ejecutivos apunten —incluso de modo obsesivo— a
los resultados económicos, ello no impide necesariamente a los profesionales de
la empresa, mandos o empleados, el disfrute de la actividad correspondiente.
Recuerdo, porque empecé a trabajar en 1972
para la International Telephone" w:st="on">la
International Telephone Telegraph (ITT), que
percibíamos la dirección de Harold Geneen llamativamente orientada al beneficio
tangible: lo importante eran las cifras, y la actividad era diversa; además de
los sistemas de telecomunicación, se hacían electrodomésticos, y también era de
ITT la cadena hotelera Sheraton, Avis Rent-a-Car... A pesar de ello, mi entorno
de trabajo parecía ser autotélico (ajeno a resultados económicos): un centro de
investigación que, bajo la dirección de un americano, Wayne Sandvig, disponía
de más de 200 trabajadores del conocimiento contribuyendo a la innovación en
sus áreas específicas del mundo de la Telecomunicación." w:st="on">la Telecomunicación.>
Los ejecutivos de las diferentes unidades
del gigante ITT ponían quizá más atención a las cifras que a la actividad
desarrollada, a sus exámenes ante el presidente que al largo plazo, y
puede que esto contribuyera a que el imperio se desmoronara; pero en los
niveles operativos, y desde luego en las áreas de investigación, aparecía la
autotelia y la intuición, como no podía ser de otro modo. En mi entorno, la
intención reinante era innovar y, en mi caso, habría sido el hacerlo en el
campo de la formación continua; pero creo que yo carecía entonces de intenciones
propias definidas, lo que contribuyó sin duda a mi inicial entropía psíquica.
En efecto, sin intenciones definidas cuesta dar significado a lo que nos
acontece.
Al hablar de intenciones podemos, desde
luego, enfocar más cerca y observar qué nos mueve en cada proyecto, en cada
tarea, a cada uno de nosotros y quizá al margen de las declaraciones del primer
ejecutivo; y podemos observar igualmente con qué intensidad las sentimos, si
creemos en lo que hacemos, si tenemos confianza en el éxito... Podemos estar
participando en un gran proyecto de elevada trascendencia social y ser
conscientes de ello, pero, haciendo lo mismo, podemos pensar que estamos
solamente ganándonos el pan para nuestros hijos, o que estamos simplemente
cumplimentando planillas, haciendo cálculos, diseñando sistemas o resolviendo
averías. Parece más enriquecedor movernos por intenciones de alcance, de
aportación a la sociedad, sin dejar de poner la máxima atención en lo
cotidiano.
Por una parte, las metas corporativas se
descomponen en objetivos más específicos, que orientan cada día la intención y
atención de directivos intermedios y trabajadores; por otra, cada individuo
despliega metas e intenciones de carácter particular: lucir su singularidad,
ocupar un puesto mejor, conseguir un aumento, alcanzar el poder, aprender todo
lo posible, hacer cosas importantes... Enfocando todavía más cerca, podemos,
por ejemplo, llegar a una reunión con la intención de defender nuestro
territorio, de desviar la responsabilidad por un fracaso, de conseguir un
pedido de un cliente...; podemos, al abordar un estudio de mercado, hacerlo con
la intención de llegar a conclusiones predeterminadas, o para percibir
realidades que no conocíamos; podemos, al tomar una decisión, perseguir el
acierto y arriesgar si es necesario, o hacernos con argumentos para explicar,
en su caso, el error cometido. Tenemos, ciertamente, intenciones para el largo,
medio y corto plazo, persiguiendo logros de diferente naturaleza, trascendencia
e incluso graduación moral.
Bien pues, si deseamos contar con la ventaja
competitiva de la intuición, unas intenciones parecen resultar más
catalizadoras que otras. La intuición, para contribuir al éxito, parece aliarse
más con la autotelia, y menos con la exotelia; más con la lealtad a la profesión,
y menos con el afán de negocio; más con la dedicación a la tarea, y menos con
la obsesión por el resultado económico; más con la orientación a la
colectividad, y menos con el interés particular; más, sí, con el principio de gano-ganas,
que con el de gano-pierdes. La intuición parece un recurso al servicio
del bien común, una especie de recompensa al esfuerzo por el progreso
colectivo, a la dedicación a los demás; eso nos viene a mostrar el análisis de
casos. La neurociencia nos lo explicará mejor algún día, pero contamos de
momento con la casuística, con la experiencia, e incluso con la sabiduría
recogida en adagios o proverbios. El cerebro está preparado para contribuir al
desarrollo de la especie, y señalamos como perversas las conductas egoístas o lesivas
para los demás; éstas no se benefician de la intuición sino de la perversión de
la inteligencia.
Hasta aquí, un extracto de un capítulo del
libro “La intuición en la empresa”, editado por Gestión 2000 y para cuya
autoría conté con la colaboración de Beatriz Valderrama. En el libro quería
destacar la relación entre la intención, la atención y la intuición; ahora,
aquí, he querido insistir en la existencia de dos formas básicas de vivir el
ejercicio profesional: una, la actividad como fin y el beneficio como
consecuencia; otra, el beneficio como fin y la actividad como medio. Habrá
quien piense que la denominada nueva economía parece más alineada con lo
segundo, y con la compra y venta de empresas; pero si hablamos de la “recta”
economía, la de la responsabilidad social no adulterada, entonces yo apuntaría
a lo primero: la actividad como fin y el beneficio como consecuencia.
José Enebral Fernández
Consultor y conferenciante
jenebral1@mi.madritel.es
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