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Manejamos mucha información en las empresas, aunque suele hacer falta más, especialmente sobre el mundo exterior.
Sin emargo, el mayorproblema reside quizá en la traducción de la información disponible a
conocimiento aplicable, tanto durante el aprendizaje y la realización detareas, como en la toma de las decisiones más trascendentes.
Se diría que lasociedad está enfocada a la alfabetización digital, al manejo de herramientas
informáticas; pero el acceso a contenidos no supone encontrar lo que se busca,
ni supone asignar el correcto significado a los significantes hallados.
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Hace ya casi quince años que se predica enlas empresas el aprendizaje permanente y la denominada gestión del
conocimiento; pero ni lo primero se limita a la asistencia a los cursos que
bajo la etiqueta de la formación continua se orquesten, ni la segunda —un
avance sobre los anteriores sistemas de gestión de la información— se ha
consolidado suficientemente.Se habla de la “Sociedad dela Información y el
Conocimiento” y de su álter ego, la “Economía del Conocimiento yla Innovación”, pero las
iniciativas se despliegan en torno a la tecnología, y no tanto en torno a las
personas.
Ya en los años 90 empezamos a hablar con
insistencia dela Sociedad
dela Información,
y ahora sabemos que la información disponible en el mundo se duplica cada pocos
meses. Quizá no siempre encontramos lo que buscamos, pero sin duda es mucho lo
que se nos ofrece y hemos de saber extraer el máximo conocimiento de la
información disponible. Éste es un reto a encarar: llegar a lo que se nos
ofrece, separar lo bueno de lo mediocre, incorporarlo a nuestro acervo de
conocimientos y encontrarle idónea aplicación. Casi nadie cuestiona ya el
aprendizaje permanente, y, más allá de asistir a cursos periódicamente, éste
nos obliga a manejarnos bien con la mucha información técnica y científica,
impresa o electrónica, a que podemos acceder.
Vivimos ciertamente inmersos en la economía
del conocimiento y la innovación. Nos hemos venido transformando en los nuevos
trabajadores del saber, que el incansable Peter Drucker —a quien, ya fallecido,
podemos imaginar en paz, pero difícilmente en descanso— había estado
describiendo más o menos así:
- Visible grado de desarrollo personal y profesional.
- Destreza digital e informacional.
- Lealtad a su profesión.
- Autonomía en el desempeño y el aprendizaje permanente.
- Capacidad creativa y actitud innovadora.
- Autotelia profesional y apego a la calidad.
- En suma, un valioso activo para la recta economía.
Si el PC es nuestra herramienta, la
información viene a ser, en muchos casos, la materia prima de nuestro quehacer
cotidiano. Debemos dominar el saber del campo en que nos movemos, y además
hemos de estar generando nuevo conocimiento: ampliando el campo. Ésta parece
ser la fórmula de la prosperidad, de la supervivencia, del acceso al futuro en
la economía de nuestros días.
Hace algo más de diez años, empezaron a
extenderse de manera separada dos conceptos relacionados conla Sociedad dela Información: en las
empresas, la gestión del conocimiento; y en las universidades, la suficiencia o
destreza informacional. El primero (knowledge management) parecía
suponer una especie de reingeniería conceptual de los tradicionales sistemas de
gestión de la información en las empresas, atendiendo con mayor cuidado a la
información técnica, funcional y relacional de la actividad empresarial: el know
what, el know how, el know why, el know who... El
segundo (information literacy) surgía entre documentalistas y en algunas
universidades, en sintonía con la creciente preocupación por el aprendizaje
permanente (self directed lifelong learning). La idea de suficiencia
informacional —hoy, más que hablar de suficiencia, había que hablar de excelencia—
apuntaba ya entonces al acceso, uso y aprovechamiento de la creciente
información disponible, aunque todavía no utilizábamos Internet.
Desde aquellos años 90, por una parte el
avance de la gestión del conocimiento en las empresas no ha sido siempre
satisfactorio (a pesar de las potentes herramientas disponibles), y por otra,
la información ha seguido multiplicándose sensiblemente y poniéndose a nuestra
disposición a través de las TIC. Hoy, aquellos conceptos —gestión del
conocimiento y destreza informacional (information fluency)— se han
aproximado muy visiblemente entre sí en el mundo empresarial, para entrar en
sinergia con las emergentes figuras del nuevo directivo y el nuevo trabajador,
también muy especialmente con la idea del aprendizaje permanente, desde luego
con la necesidad de innovar, y, en definitiva, con la evolución de la economía.
En las organizaciones, la destreza en el uso
y aprovechamiento de la información interna y externa accesible parece más que
necesaria, aunque no siempre la poseemos en el grado preciso. Quizá las nuevas
generaciones salgan de las universidades con sólida preparación para el
aprendizaje permanente, pero las empresas ya necesitan hoy mayor dosis de
conocimiento, para mejor encarar sus retos de competitividad y prosperidad en
la nueva economía. El concepto de excelencia empresarial ha evolucionado con
las nuevas realidades, y no parece cuestionarse que debamos ser asimismo
excelentes en la traducción de información a conocimiento, y en el flujo de
éste en las empresas. Todo apunta ciertamente a la necesidad de que mejoremos
nuestra competencia informacional.
(Curiosamente, en un libro reciente el
editor cambió mi expresión “competencias informacionales” por la de
“competencias informativas” y me encontré con esa sorpresa. Lo cierto es que
los expertos hablan de alfabetización informacional (“alfin”) y yo me he
adherido al adjetivo aunque haya elegido otros sustantivos. En vez de hablar de
alfabetización o suficiencia, prefiero hablar en la empresa de excelencia,
competencia o destreza).
En los últimos años se ha insistido en esta
inquietud, y como ejemplo recuerdo ahora un párrafo del director del think
tank navarro Institución Futuro, Julio Pomés, en Expansión, en 2002:
“Cuando
permitimos que las nuevas tecnologías nos hipnoticen, caemos en la gula de
engullir una información abrumadora que nos impide concentrarnos en lo capital:
la síntesis. Hay algo peor que no tener información: carecer de criterios de
selección que filtren y proporcionen únicamente las referencias que tienen
significado para estudiar un asunto. Cuando el que debe decidir no dispone de
toda la información, pero conoce la realmente esencial, suele aplicar un
sentido común adicional, que con frecuencia logra intuiciones holísticas, más
geniales que aquellas derivadas de valorar información no relevante”.
Aquí ya se nos alertaba sobre esa especie de
hiato existente entre la información y el conocimiento. Venía pareciendo años
atrás, y aun hoy todavía, que lo importante era manejarse con la tecnología
para acceder a la información, pero hemos de enfocar también nuestra atención
sobre cómo traducir la información a conocimiento, en lo que llamamos
aprendizaje permanente, a lo largo y ancho de nuestra vida laboral. Tampoco
estaría mal profundizar en el paso del conocimiento a la acción —o en el del
conocimiento a la innovación—, pero centrémonos ahora en la nada automática
consecución de nuevo saber, a partir de la información logística, técnica y
científica disponible.
Y hay otro importante mensaje en el texto
reproducido: la creciente importancia de la intuición en el perfil de los
nuevos directivos y trabajadores del conocimiento. La intuición no debería
sustituir al análisis detenido de la información precisa, pero sí resulta un
complemento valioso del que podemos obtener mayor provecho. Nos ayuda a leer
entre líneas, a comprender, a evaluar, a establecer conexiones, a abstraer, a
aplicar lo aprendido.
Cómo nos relacionamos con la
información
Puede decirse que muchos de nosotros somos
procesadores humanos de información: consultamos muchos papeles y generamos
más. Aprendemos continuamente y contribuimos, mediante la innovación, a
extender las fronteras de nuestro campo del saber. Lo que hacemos está lleno de
conocimiento: el que hemos adquirido, el que seguimos adquiriendo y el que
nosotros mismos hemos generado. Sin embargo, el paso de la información (que
yace en soportes) a conocimiento (que yace en personas) es extremadamente
complejo —nada automático— e invita al análisis y la reflexión. Puede decirse
que el tratamiento de la mucha información que se nos ofrece consta de los
siguientes pasos:
- Conciencia de la necesidad de información.
- Definición del patrón de búsqueda.
- Identificación de las fuentes.
- Acceso a las mismas (humanas, impresas o electrónicas).
- Localización de información útil.
- Descubrimientos paralelos.
- Examen de la información.
- Interpretación y evaluación de la misma.
- Contraste de informaciones.
- Integración y aprendizaje.
- Combinación con conocimientos anteriores.
- Establecimiento de conexiones.
- Posibles inferencias y abstracciones.
- Síntesis y conclusiones.
- Reflexión sistémica.
- Aplicación y difusión.
En efecto, los directivos y trabajadores del
conocimiento, antes de actuar —abrir nuevas líneas de negocio, realizar un
estudio, analizar oportunidades, definir un proyecto, preparar una oferta,
diseñar un proceso o producto, organizar una actividad, elaborar un plan,
solucionar un problema, etc.— nos informamos, aprendemos, reflexionamos, y
aplicamos finalmente lo aprendido, o lo difundimos. Cada nuevo saber ha de
encajar en el acervo existente y contribuir a resultados. He aquí entonces la
lista de subtareas del tratamiento de información como materia prima; subtareas
que marcan, por un lado, el camino de nuestro aprendizaje permanente
autodirigido, y que por otro constituyen buena parte de nuestro desempeño
cotidiano: el conocimiento es, básicamente, capacidad de actuar (porque la
ignorancia nos incapacita).
Se nos alerta sobre la importancia de
definir buenos patrones de búsqueda, de distinguir la información rigurosa y
fundamentada de la que no lo es, de conectar unos conocimientos con otros, de
generar síntesis enriquecedoras… Sin duda y entre otros, encaramos un reto
especialmente trascendente: evaluar la información a que accedemos, poniendo a
funcionar nuestro pensamiento crítico. Podemos, por ejemplo, encontrar en
Internet documentos de denso y aun convincente contenido, que sin embargo haya
quedado ya desactualizado y superado; podemos igualmente dejarnos persuadir por
información falta de rigor, o formulada con intereses de cuestionable
legitimidad.
Por otra parte, no siempre sabemos en qué
fecha fue redactada una información, ni tenemos suficientes datos sobre el
autor y sus fuentes. Por ser todavía más concretos, esto pasa a veces con los
cursos on line que se ofrecen en el marco de la formación continua:
carecemos a veces de suficientes referencias sobre el autor y la documentación
que se ha manejado en el diseño. Debido al ritmo con que avanzan los campos del
saber, habremos de acostumbrarnos todos a generar información —metainformación:
fecha, autores, fuentes, referencias, resúmenes, conexiones, difusión, etc.—
sobre la información que nosotros mismos generamos, y a echarla de menos cuando
hacemos consultas para incrementar nuestros conocimientos. Pero tampoco resulta
siempre sencilla la combinación del nuevo saber con el anterior, o la
elaboración, en su caso, de conexiones, analogías, inferencias y abstracciones,
o la aplicación de las conclusiones alcanzadas.
Realizar satisfactoriamente estas
operaciones mentales resulta tan trascendente que no podemos eludir un análisis
de competencias necesarias. Necesitamos competencias de carácter funcional
(conocimiento del campo, estrategia de búsqueda e indagación, manejo de
herramientas, capacidad de comprensión y síntesis, cuestionamiento y evaluación
de la información, materialización del aprendizaje…), y también competencias de
carácter más personal (autoconocimiento, afán de aprender, flexibilidad, concentración,
tenacidad, intuición, pensamiento crítico…). Pero éstas serían sólo las
competencias informacionales de tipo “pull”, es decir, las que ponemos
en marcha para aprender; habría que sumar otras de tipo “push”, para
cuando somos nosotros quienes hemos de generar información para otros.
En efecto, nuestro perfil de directivos y
trabajadores del conocimiento nos obliga a generar información para los demás:
a expresarnos oralmente, pero sobre todo a escribir. Añadamos entonces otras
competencias informacionales, tanto de tipo operacional o funcional (alegación,
comunicación escrita...) como personales (rigor conceptual, asertividad,
empatía, espíritu colectivo…). Muchas grandes empresas han desplegado sus
modelos de competencias para la gestión de los recursos humanos, pero puede que
las competencias informacionales, como las conversacionales, hayan sido
subestimadas, si no preteridas, en algún caso. El hecho es que no podemos dar
por supuesta nuestra destreza informacional en la economía del conocimiento:
estupendo si somos competentes en esta área, pero comprobémoslo.
Hay que recordar que, en nuestra asignación
de significado a los significantes (o sea, en el estudio de la información),
influyen varios elementos: nuestros intereses, inquietudes y deseos; nuestros
conocimientos y experiencia anteriores; las creencias y modelos mentales que
filtran la realidad…O sea, que todos hemos de hacer un notable esfuerzo de
objetividad —neutralizando sesgos crónicos y ocasionales— del que no siempre
somos conscientes. Dicho de otro modo, por un lado hemos de neutralizar las
interferencias endógenas (y en su caso las exógenas), y por otro hemos de
desarrollar las competencias informacionales diversas (personales y
operacionales) a que nos referíamos.
La dirección de personas
Hemos oído muchas veces que, en realidad, la
gestión del conocimiento supone, en buena medida, la gestión de las personas
que lo atesoran, y yo les invitaría a considerar el perfil de autonomía, si no
de autoliderazgo, de los nuevos trabajadores de que nos hablaba Drucker.
Naturalmente, las consultoras siguen predicando el liderazgo interpersonal de
los directivos, y quizá llevan ya, al menos, unos 15 años haciéndolo. En los
primeros años 90 vivíamos importantes cambios en las grandes empresas, y
también en las relaciones entre directivos y trabajadores: hacía falta un nuevo
perfil en los directivos, y empezamos a hablar de líderes. Era una buena
etiqueta para quienes habrían de materializar los diversos cambios en curso.
Diferentes expertos —Burns, Fiedler, Hersey, Blanchard, Bennis, Kotter...— nos
habían dado ya importantes pistas sobre el nuevo perfil del directivo, pero
desde entonces muchos otros expertos han seguido dibujando al líder, y
poniéndole adjetivos.
Sin duda, el liderazgo es uno de los
postulados de gestión empresarial a que hemos añadido más adjetivos
(transformacional, transaccional, situacional, relacional, resonante,
democrático, emocional, ético, responsable, de servicio, participativo,
inspirador, capacitador, carismático, visionario…), y del que hacemos más
diversas lecturas; quizá habría que cuestionarse su significado —redefinir el
liderazgo— atendiendo al perfil de los nuevos seguidores emergentes. Puede que
sigamos pensando, en buena medida, en los trabajadores de la era industrial, y
no tanto en los profesionales expertos, practicantes del lifelong learning.
Aunque también podrá pensarse que la economía del conocimiento está, solamente,
en camino.
No deberíamos insistir tanto en una
elitización equivocada o exagerada de los líderes frente a los seguidores. En
nombre del talento directivo, hemos consentido muchas cosas a muchos jóvenes
“con potencial”, y hoy lo sabemos bien. En la economía del conocimiento y a
medida que se vaya consolidando, lo que vale es, sobre todo, el saber; una
buena gestión sigue siendo obviamente inexcusable, pero el conocimiento,
nutrido por el aprendizaje y desarrollo permanente, resulta asimismo vital,
determinante. Dejemos, si se me acepta la contundencia, de mimar en demasía a
los directivos y etiquetarles de líderes, para impulsar, desde la
profesionalidad y la ética, el aprendizaje continuo, el conocimiento, la
innovación, la productividad y la competitividad de toda la organización.
Insisto en la importancia del saber, porque
hoy cualquier producto medianamente complejo cuenta con un componente esencial:
el conocimiento incorporado. Muchos productos, sin referirme a los propios PC,
están llenos de “inteligencia”, de ingeniería electrónica o mecatrónica: los
automóviles, los electrodomésticos, los teléfonos, las tarjetas… Los
trabajadores constituyen un activo para la empresa en la medida en que sepan, y
en que puedan contribuir a la inexcusable innovación. Saben más que sus jefes
gestores, y son conscientes de la importancia de su saber. Los trabajadores
necesitan a las empresas, pero éstas también necesitan a los trabajadores del
saber. Los trabajadores no piden que se les mime, pero sí que se les respete
algo más. (Creo que todo esto lo decía Drucker, con bastante claridad).
Aprovechar el conocimiento existente y
generar nuevo conocimiento (la innovación) son objetivos para cuya consecución
se ha de contar con personas competentes, cuyo compromiso, confianza y lealtad
se gane. Hace poco leía que una consultora ofrecía un nuevo modelo de
liderazgo, cuya herramienta de implantación eran “las propias conductas
de los directivos que servirán de ejemplo para lograr los hábitos de los
colaboradores”. Sin duda todas las conductas deberían ser ejemplares, pero
yo me quedé pensando en el peligro de que los trabajadores se pasaran también
mucho tiempo reunidos... El hecho es que resulta difícil dirigir a los
trabajadores expertos, que no estoy seguro de que la clave esté en pedirles que
sigan el ejemplo de los directivos, y que lo mejor podría ser practicar una
versión plus del empowerment, siempre que se dieran las
condiciones.
En la economía del conocimiento tal vez
debería haber más liderazgo intrapersonal, y el interpersonal debería ajustarse
a las características de los seguidores. Al fin y al cabo, uno no es líder si
como tal no le ven los supuestos seguidores (diría yo). Pero en el fondo y
entre líneas, estoy sometiendo a consideración del lector la necesidad de
valorar debidamente el saber; si no lo valoráramos, no crecería en suficiente
medida, ni facilitaríamos la innovación. La distancia entre directivos y
trabajadores habría de ser revisada sin aferramiento al statu quo.
Conclusión
Hemos hablado de 16 pasos precisos en el
tratamiento de la información técnica y científica (y quizá la operativa,
financiera, logística…) como herramienta y aun materia prima, y hemos de
insistir finalmente en que, en general, cualquier deficiencia en cada uno de
ellos se arrastra en los siguientes. Lo que está en riesgo es la adquisición del
conocimiento que resulta necesario en cada momento para mejor decidir, y al
respecto insistiríamos en que quizá hay algo peor que la ignorancia: un falso
aprendizaje. Si ya los buenos aprendizajes pueden quedar obsoletos en poco
tiempo y no siempre estamos atentos a su renovación, imaginemos lo peligroso
que pueden resultar los aprendizajes equivocados o incompletos, fruto quizá de
sensibles deficiencias diversas: en el uso de herramientas, en la perspicacia y
tenacidad durante la búsqueda, en el pensamiento crítico durante la evaluación,
en el rigor de las inferencias, en la integración de saberes, etc.
Recordemos que el conocimiento es capacidad
de actuar, pero que actuar bien requiere todo un perfil competencial de
habilidades, actitudes, fortalezas, hábitos… Y recordemos también que la
intuición es una fuente de conocimiento nada despreciable y que deberíamos
cultivar más. Esta facultad complementa a la razón y viene a ser una especie de
joya de la corona de la inteligencia; se nutre del conocimiento consciente
y también del menos consciente u oculto.
Un último detalle para el lector interesado
que nos haya acompañado hasta aquí: no olvidemos los posibles serendipitosos
descubrimientos durante nuestros accesos a información. Podemos topar con
interesantes informaciones que, aunque no respondan a nuestro patrón de
búsqueda, convenga dejar registradas para un futuro próximo. Encontramos este
tipo de descubrimientos casuales detrás de muchos avances técnicos y
científicos. Seguiríamos diciendo cosas —como, por ejemplo, que casi nunca
agotamos las posibilidades de aprender a partir de cada información considerada
valiosa—, pero lo dejamos por hoy. No olviden evaluar sus destrezas
informacionales, con ánimo de mejorarlas.
José Enebral Fernández
Consultor y conferenciante
jenebral1@mi.madritel.es
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